En los últimos años, el desarrollo de la tecnología ha propiciado que ésta se instaure de en la sociedad, no solo a niveles industriales o sistemáticos, sino en los hogares, asumiéndola en nuestro día a día, volviéndose casi inherente a nuestro modus vivendi, pero de una manera cada vez más individualizada, y no compartida.
De los primeros pequeños grandes escalones revolucionarios como la invención de la radio, pasando por aquellos aparatos que nacieron para “facilitarnos la vida”, hasta llegar a crear lo que hoy conocemos como realidad virtual.
De Edison a Steve Jobs, del nacimiento de la electricidad a la consolidación de la era digital. 130 años de diferencia y dos grandes nombres que representan la rapidez con la que el ser humano ha conquistado territorios, regiones, continentes y hasta ciberespacios impalpables. Y tal vez el término impalpable también deje en el aire la pregunta de si quizás, sin apenas darnos cuenta, con la velocidad feroz de nuestras vidas, esto, se nos esté yendo de las manos.

La tecnología ha pasado de ser un instrumento para enseñar a convertirse en una herramienta para aprender. El niño, que nace en pleno siglo XXI, se ve rodeado de la misma desde el primer segundo de vida. Una foto, una llamada, un mensaje que lo presenta al mundo. Éste es el mensaje de bienvenida que se le da, este es el mundo que le vamos a brindar. Y así crece y se desarrolla, convirtiéndose la tecnología en su seña de identidad. En la última década la edad a la que se ven “expuestos” a las tecnologías ha ido in descenso; cuando antes tenías que ser mayor de edad para poder tener un móvil, ahora solo es necesario saber mantenerlo con tus dos manos, son los denominados nativos digitales.
Y es aquí cuando nacen los nuevos planteamientos educativos, institucionales y familiares, ¿existen los límites en un universo insondable e incontrolable? ¿Cómo inculcar unas directrices que no están escritas? ¿Dónde termina lo doctrinal de lo moral cuando hablamos en términos de alfabetización digital? Como en un libro de bioingeniería se te enseña como conectar cables pero no el peligro de electrocutarte, nos enfrentamos a una sociedad que conoce las grandes ventajas del desarrollo tecnológico pero no los peligros que le acompaña.
Hablar de cibercultura, identidad o ecosistema digital es hablar de términos que se hacen cada vez más necesarios utilizar pero que ni siquiera existen en los diccionarios de la Real Academia Española. Estas expresiones nacen de la necesidad de empezar a delimitar un terreno que se torna pantanoso y que es importante comenzar a definir. Quién soy y a donde voy, preguntas que desde la Grecia presocrática se lanzaron al aire, y que hoy volvemos a coger como si de un testigo se tratase. O quizás bien pudiera actualizarse la expresión y convertirse mejor en un Qué quiero mostrar a los demás que soy, y por supuesto, en donde estoy. Si con identidad digital nos referimos a quien soy en la red y con ecosistema digital al mundo que me rodea en esta red, estaremos hablando de realidades paralelas, de mundo que se han construido desde la nada y donde hemos volcado nuestras vidas, nuestras vivencias, incluso nuestro recuerdos (esos que antes eran irrecuperables), es decir, lo que es llamado computación en la nube. Pero todo esta información privada deja de serlo, es el precio que hemos de pagar para no vivir offline, un quid pro quo (¿qué a cambio de qué?) que debemos replantearnos y del que debemos ser conscientes. Qué pensaría Einstein si le hubiera dado tiempo a comprobar cómo el ser humano era capaz de construir dos realidades paralelas en un mismo universo, quizás ahora haría falta reformular su teoría de la relatividad espacial y las distintas dimensiones existentes. Tiempo y espacio fundidos en un algún lugar sideral, inalcanzable, incontable e imperecedero.
Este ciberuniverso se desarrolla sobre plataforma virtuales al alcance de todos (o de casi todos). Los nuevos avances tecnológicos son tan “nuevos” y tan “avances” que aún no existen libros de cómo usarlos, de donde deben estar los límites o si acaso deben tenerlos. ¿Quién o quiénes deben hacerse cargo de ello? ¿Y cómo puede conseguirse siendo las nuevas generaciones las más conocedoras de este mundo? La escuela y el profesor, como educador, se enfrentan a la parte psicológica y al impacto sociológico que esta tiene, debiendo asumir como competencia todo lo que su uso, y con ello problemas, conlleva. Pero no menos importante es la involucración de la familia, que debe aportar la parte moral y subjetiva de los problemas que nacen del abuso o el uso no racional de las tecnologías. Parece evidente, que el cómo, dónde e incluso por cuánto tiempo son cuestiones que, a priori, no se aprenden sino que se aprehenden, con h intercalada, porque de las clases se extrae la teoría, pero de los hábitos del entorno social nacen los comportamientos.
Un embudo social por el que se cuelan nuestras relaciones, sumiéndonos en una conexión que, en ocasiones y sin remedio, nos desconecta.